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- a propósito de UNA LÁMINA BLANCA, pieza para orquesta -

Albergan los auditorios otros espacios, imaginarios, dentro de sí, escenografías que se forman ante nuestro oídos y pronto se pueblan de figuras sonoras. Aunque el de esta noche, el de este drama minúsculo, se limita a un sencillo diorama: un horizonte marino. Una superficie que vibra, un fina lámina que al desenvolverse va dejando bajo nuestra mirada, para que las descubramos, para que las escuchemos, las huellas que olvida su trazo. 

Una lámina blanca que es también un verso de Manuel Padorno, que a su vez es un atardecer en la playa de Las Canteras. Porque componer es conectar, crear relaciones no sólo entre notas, sino entre los acontecimientos acústicos que resuenan en nosotros y el entorno, una suerte de ecología imaginaria. A pesar de todos los intentos de hacernos creer que la música es algo abstracto, absoluto, ideal, triunfante, la música es más bien una relación, y no tanto un objeto. Un relación especial, todos hemos tenido una.

Y entran y salen de este diorama personajes, figuras, eventos que apenas tienen cuerpo, y aún así insisten, mostrándose y transformándose en el tiempo. Nunca llegan a imponerse, ni a afirmarse como la realización de una idea, una técnica o la expresión de un yo caduco. Son más bien gestos que fingen tener importancia, que no se dejan atrapar en una superficie serena y al mismo tiempo no tienen profundidad. Quizá hablen de nosotros, y al final caiga la tarde y todo se quede en un techo tranquilo de palomas.

A duras penas son capaces estas figuras de llevar consigo el discurso temporal como bien lo haría un motivo, un tema, el vuelo de una falda, el pesado ostinato, los fractales, tus labios, el espectro sonoro, una serie o cualquier otra cosa. A veces ni se repiten y dejan tan sólo un carácter, la huella de la que hablaba, un rastro en el agua.

Así que, como siempre, como tantas otras noches, no ocurre demasiado. Van y vienen, asemejan olas, prometen, estas figuras. Prometen mucho, pero es mejor evitar su mirada. Y no soy yo el que sabe convencerlas para que se abran, ni tengo ya paciencia para escuchar toda su conversación y mucho menos el ímpetu de explorar todas sus posibilidades, algo que por cierto Beethoven adoraba hacer, no hay más que hojear sus cuadernos. Puedo retratarlas, eso sí, hacer un bosquejo a lo Boucher, la curva de un seno a lápiz, pentagrama o cursi acuarela, mostrar algo que permanecía oculto a la atención antes de que salgan del bar, sin mirar atrás, lección bien aprendida de Orfeo. A muchas las volveremos a escuchar. A otras las recordaremos siempre. Pocas se quedan años. Y ese estar atentos fue la música. Ahora hay discos. Y al final, como tantas otras veces, baja la vida a la playa dulcemente que diría Manuel Padorno, y cae la tarde y todo se queda en un techo tranquilo de palomas. No se puede aspirar a más.

  

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